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DONDE LA SEDA SE ENCUENTRA CON EL TRUENO

  • 1 hour ago
  • 4 min read

Dentro del Mundo de la Escaramuza

foto: Bernald Q

por Rachel Mary Prout



En un tramo solitario de la carretera que va a Londres, en el húmedo murmullo de una noche en Naranjito, algo está a punto de suceder. Desde el final de un oscuro camino de tierra, arrastrado por la suave brisa tropical, llegan los acordes de música latina de un pequeño altavoz; el sonido de las risillas de las mujeres; las conversaciones y el ocasional relincho de un caballo cuarto de milla. El camino te lleva hasta los caballos y las jinetes, en ejercicio de calentamiento en un escenario de tierra brillantemente iluminado. La selva alrededor se oscurece más, e ilumina nada más el sonido de botas vaqueras y el silbido de las colas de corcel, y las nubes de polvo levantadas por el redoble de ocho juegos de cascos coreografiados.


Estas son las Escaramuzas Antares, un equipo de equitación compuesto exclusivamente por mujeres que practican y representan el deporte ecuestre mexicano de la escaramuza, con un toque costarricense único. Con edades comprendidas entre los 13 y los 53 años, y con orígenes igualmente diversos —doctoras veterinarias, empresarias, terapeutas ocupacionales y estudiantes de colegio—, una vez por semana, se reúnen en ese tranquilo paraje selvático para ensayar lo que tienen en común: su pasión por la escaramuza.


La palabra «escaramuza» significa contienda o refriega, un enfrentamiento rápido y táctico, y el nombre hace eco de la historia. Mucho antes que la escaramuza se formalizara como deporte, las mujeres cabalgaban por necesidad: en ranchos y haciendas durante la Revolución Mexicana, cuando las soldaderas cabalgaban al frente de los ejércitos y, trabajando al unísono, realizaban maniobras tácticas como dar vueltas y levantar polvo para desorientar al enemigo que avanzaba.


Durante siglos, esas cabalgatas se deslizaron silenciosamente a través de la historia, sin ser marcadas ni registradas. La charrería, el deporte ecuestre nacional de México, celebraba las hazañas masculinas de enlazar, montar y dominar el ganado. Las mujeres estaban presentes, pero rara vez eran el centro de la acción.


La escaramuza cambió eso. A mediados del siglo XX, las mujeres entraron al ruedo, no como adornos, sino como atletas: formando equipos, diseñando estrategias de movimiento y exigiendo ser vistas. Sin embargo, fueron un paso más allá: la escaramuza es una historia que cobra vida; un testimonio vivo de historia, coraje y hermandad, interpretada por un grupo de ocho mujeres que cabalgan con amplias faldas y guían a sus caballos con un toque casi telepático. No solo inventaron un deporte; encarnaron el momento.


Rehearsal photos by Rachel Mary Prout


Las mujeres de Escaramuza Antares y su entrenador, Emanuel Arias, inspirados por las habilidades equinas de un evento en el que los caballos no son tratados como accesorios, sino como compañeros, adoptaron la tradición y la hilvanaron con el vibrante folclore y simbolismo costarricense. Los vestidos son elaborados para replicar los trajes que se usan en los bailes folclóricos tradicionales, ya sea con el rojo, blanco y azul de la bandera nacional, o faldas tejidas con el violeta de la flor nacional de Costa Rica, la guaria morada. A diferencia de sus contrapartes mexicanas, las damas de Antares no montan de lado; en cambio, se sientan a horcajadas sobre sus caballos, con sus ondulantes faldas ondeando tras ellas y cruzando los flancos de sus compañeras equinas.


La disciplina y el significado de la escaramuza es lo que alejó a las mujeres de Antares de la competencia, llevándolas a actuar como una exhibición. Su espectáculo se encuentra es la mitad del camino entre la doma y la danza, perdurando en la memoria mucho después de que la música se detiene y las jinetes se despiden.


Ocho jinetes entran a la arena y se convierten en un solo organismo. Se cruzan, serpenteando entre ellas con centímetros de distancia. Las parejas se encuentran y realizan un movimiento que recuerda a un vals. En el centro de la arena, se convierten en una sola fila giratoria. Formaciones en espiral de palomino, pinto y appaloosa forman círculos, convergen, se separan y vuelven a converger. La arena se convierte en una geometría de movimiento: líneas, arcos, intersecciones dibujadas y borradas en segundos. Las jinetes confían plenamente las unas en las otras, renunciando a su individualidad en el ritmo grupal, en una impresionante exhibición de destreza y confianza: en sí mismas, en sus hermanas y en sus corceles. La banda sonora comienza con el vibrante tintineo de una melodía tradicional costarricense, antes de cambiar de ritmo a una partitura ´country´ con banjo, para finalmente explotar en un rock, todo esto apoyado por los gritos y vítores espontáneos del público: un espectáculo auditivo que refleja el ritmo y la emoción del espectáculo visual que se desenvuelve en su presencia.


La música se desvanece, la escaramuza termina y el polvo se asienta bajo los cascos, que vuelven a quedar en silencio. Una tangible sensación de triunfo flota en el aire cálido y húmedo; triunfo no solo por una actuación bien ejecutada, sino por la simple existencia de la actuación. Las Escaramuzas Antares han aprovechado una parte de la historia, la han tejido con tonos costarricenses y la han llevado al presente con femineidad y orgullo. Son un recordatorio viviente de que la historia no es un libro cerrado; es un sendero, y pertenece a todas y todos aquellas y aquellos que se atrevan a recorrerlo, a reinventarlo y, sobre todo, a quienes se atrevan a cabalgar.


Las Escaramuzas Antares son:

Victoria Dalton

Valeria Campos

Ariana Quesada

Gabriella Dalton

Paula Leon

Audry Matarrita

Lani Castro

Kristine Morley


Síguelos en Instagram @escaramuzas_antares_cr.


Caballeriza Antares es propiedad de Emanuel Arias y su esposa, Mary Cruz Garro.

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#1 Plaza Vista,  Manuel Antonio, Puntarenas, Costa Rica 60601

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